ROSALES, CARLOS
Al transformar en palabras lo visual, se superponen maneras de representar la percepción, generando un espectro más amplio que la suma de sus componentes. Ambas opciones imagen y lenguaje se complementan y expanden mutuamente. Es esa fisura, que aquí no divide sino que une, lo que hace destacable este libro.
Incluso cuando el observador puede dudar de su acción, esta influye en el entorno. Porque los lenguajes no son ajenos al mismo, y es allí donde reside su potencia: en esa huella que parezca, insiste en registrar.
Un poema-puente o una secuencia de poemas como puentes: eso son los versos de Rosales. Pedazos de mundo que, al unirse, generan otros pedazos, configurando una continuidad precaria, temblorosa, pero persistente. La poesía se vuelve lente: amplía, distorsiona, revela. Registra el detalle que hiere o conmueve, la evidencia de lo que, sin el poema, estaría sometido a las leyes naturales de la muerte o el olvido, que en este caso es lo mismo.
Plano secuencia es un cine mudo y desolado, donde los protagonistas no actúan: se dejan retratar bajo las calamidades del lente y los vacíos de la memoria. Las escenas se suceden entre planos fijos y movimientos temblorosos, capturando el oleaje íntimo de lo cotidiano, el peso invisible de lo estructural, el calor de la herida, y la obstinación de quien a pesar de todo permanece de pie. Ese 'director que nunca hizo bien su trabajo', pero que insiste, una y otra vez, en la captura.