ARAVENA, MARIA JOSE
Una pareja de tiuques mueve las cortinas, florece un campo morado de alcachofas, el sol prende un maizal marchito, y una corriente de peces salvajes nos besa los tobillos. En los poemas de Letargo y cautela, primer libro de María Jose Aravena, la voz mira entre las rendijas de una casa para reconstruir las imágenes de una infancia rural a la que solo puede acceder parcialmente. Entiende la naturaleza discontinua de la memoria y plantea una poética para comprender la propia historia -un modo de hacer- que resulta indisoluble de los lugares en los que se ha habitado: "todas las cosas hablan y todas las cosas se comen/entre ellas/con nosotros/en el sonido de la carretilla", nos advierte.
En estos poemas se tienden así puentes entre lugares lejanos, como Arequipa, Pumamarca, o el río Kitakami, y la voz lleva un laberinto en las rodillas, consciente de que para comprender la experiencia no basta solo con organizar su topografía o ser capaz de trazar un mapa, sino que es necesario, sobre todo, saber cómo perderse.